Quién lo iba a decir: en la era de los ‘smartwaches’, de los móviles, de la hipercomunicación, en la que ya no hace falta ni el cotidiano gesto de desviar la mirada a la muñeca para saber la hora que es, los relojes analógicos causan furor entre los más jóvenes. Son, más que un objeto necesario, una actitud. Una forma de marcar estilo. Y sin necesidad de desangrar la cartera. El éxito de esta tres marcas, que ofrecen modelos de diseños minimalistas como los de antaño, es una muestra clara. Esta es su historia.

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